Aunque parezcan piezas de museo, muchos autos estadounidenses de los años cuarenta y cincuenta siguen trabajando en Cuba. Sus grandes carrocerías, sus detalles cromados y sus colores vivos forman parte de la imagen más conocida de La Habana.

Su presencia tiene una explicación histórica. Antes de la Revolución de 1959, Cuba mantenía una relación comercial muy estrecha con Estados Unidos. Por eso, se importaron numerosos Chevrolet, Ford, Plymouth, Dodge y Buick. Cuando las relaciones entre ambos países se deterioraron, las restricciones comerciales dificultaron la entrada de nuevos vehículos y repuestos.

Para que los autos existentes siguieran funcionando, los mecánicos cubanos tuvieron que buscar soluciones poco comunes. Adaptaron motores de otros vehículos, fabricaron piezas y combinaron componentes estadounidenses, soviéticos y asiáticos. Como resultado, un Chevrolet de 1953 puede conservar su carrocería original, pero tener un motor fabricado varias décadas después.

Muchos cubanos llaman almendrones a estos grandes automóviles, un nombre relacionado con su forma redondeada. Algunos funcionan como taxis colectivos y transportan pasajeros por rutas habituales. Otros, mejor restaurados, ofrecen recorridos turísticos.

Estos autos significan cosas diferentes para cada persona. Para un visitante, pueden representar una época elegante y lejana. Para su dueño, son más que una atracción: pueden ser una herramienta de trabajo, una herencia familiar y una inversión difícil de reemplazar.

Su verdadera singularidad no está en que permanezcan exactamente como salieron de la fábrica. Al contrario, son especiales porque han cambiado. Cada reparación cuenta una pequeña historia sobre la creatividad, la necesidad y la capacidad de conservar lo que parecía condenado a desaparecer.

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