Llamar al Atacama “el desierto más seco de la Tierra” es correcto en una conversación y discutible en una nota al pie. La precisión científica obliga a añadir dos palabras: no polar. La Antártida alberga regiones aún más secas, aunque su hielo dificulte asociarlas con la imagen convencional de un desierto. El Atacama, en cambio, se ajusta a nuestra intuición mineral de la aridez y al mismo tiempo la supera. En su núcleo hiperárido, la lluvia no organiza el calendario anual; a veces apenas deja unos milímetros en el transcurso de una década.
Esa sequedad no constituye un accidente meteorológico, sino una construcción geográfica prolongada durante millones de años. La elevación de los Andes aisló progresivamente la costa del aire húmedo procedente del interior sudamericano. En el Pacífico, la corriente de Humboldt enfría las capas bajas de la atmósfera y limita la formación de nubes capaces de descargar lluvia. Sobre ambas influencias actúa la estabilidad de las altas presiones subtropicales. Encerrado entre montaña, océano y circulación atmosférica, el desierto parece haber sido diseñado para conservar la ausencia de agua.
Sin embargo, la monotonía es lo primero que desaparece cuando se entra en él. La palabra desierto sugiere arena, pero el Atacama ofrece una geología más caprichosa: costras de sal que se quiebran bajo el sol, planicies rojizas, conos volcánicos, quebradas, campos de géiseres y lagunas cuya intensidad azul parece casi artificial. En el Valle de la Luna, las formas erosionadas adquieren al atardecer una teatralidad silenciosa. El paisaje no necesita moverse para cambiar; basta con que cambie la luz.
Tampoco está tan muerto como aparenta. En ciertos suelos sobreviven microorganismos adaptados a una disponibilidad de agua cercana al límite de lo biológicamente tolerable. Más arriba, las lagunas salinas sostienen poblaciones de flamencos. En el margen meridional, lluvias infrecuentes pueden despertar semillas que han permanecido ocultas durante años y desencadenar el desierto florido. La transformación dura poco, pero basta para recordar que la esterilidad visual no siempre equivale a una esterilidad real.
Existe además una tendencia cómoda a contar la historia del Atacama como si el ser humano hubiera llegado recientemente, armado de telescopios y vehículos todoterreno. La arqueología demuestra lo contrario. Durante milenios, distintas comunidades ocuparon oasis, quebradas, costas y tierras altas. Domesticaron la escasez mediante un conocimiento preciso de los puntos de agua y construyeron redes de intercambio que atravesaban el desierto con caravanas de llamas. Por esas rutas circularon alimentos, tejidos, minerales, objetos rituales e ideas. Aquello que desde fuera parecía una barrera funcionó, para quienes sabían leerlo, como un territorio conectado.
En tiempos modernos, la aridez ha adquirido un valor inesperado. La atmósfera seca contiene poco vapor de agua, sustancia que absorbe parte de la radiación procedente del espacio. Sumadas la altura, la estabilidad atmosférica y la escasa contaminación lumínica, estas condiciones convierten al norte chileno en uno de los grandes centros mundiales de observación astronómica. Desde Paranal y la meseta de Chajnantor, instrumentos como el VLT y ALMA estudian fenómenos que no podrían distinguirse con igual claridad bajo un cielo más húmedo.
El Atacama mira hacia el universo, pero también permite imaginar el trabajo que algún día se realizará sobre otros mundos. La NASA y otros equipos científicos han utilizado sus suelos como escenarios de prueba para taladros, laboratorios portátiles y sistemas autónomos destinados a buscar rastros de vida. El parecido con Marte es útil, aunque imperfecto: el planeta rojo es mucho más frío y puede ser aproximadamente mil veces más seco que los sectores más áridos del Atacama. La comparación no convierte al desierto en una copia de Marte; lo convierte en el lugar terrestre donde ciertas preguntas marcianas pueden formularse con mayor realismo.
Quizá el verdadero poder del Atacama resida en esa capacidad para invertir nuestras primeras impresiones. Su escasez de agua permite una abundancia de observaciones. Su aislamiento fue atravesado por antiguas redes humanas. Su suelo aparentemente inerte conserva señales de vida, clima y tiempo. Y cuando cae la noche, el lugar que parece contener menos cosas que ningún otro ofrece, sobre nuestras cabezas, casi todo el universo.
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