El Atacama suele presentarse como el desierto más seco de la Tierra. La afirmación necesita una pequeña precisión: se considera el desierto no polar más seco, puesto que la Antártida también contiene regiones desérticas con una humedad todavía menor. Aun así, en el núcleo hiperárido del Atacama se han medido cantidades de lluvia extraordinariamente bajas; en algunos sectores, apenas caen unos milímetros durante toda una década.
Su aridez no se debe a una sola causa. Al este se levanta la cordillera de los Andes, por la que se bloquea buena parte de la humedad procedente del interior del continente. Al oeste circula la corriente fría de Humboldt, que enfría las capas inferiores del aire y dificulta la formación de nubes de lluvia. A estos factores se añade una zona persistente de alta presión sobre el Pacífico suroriental. De este modo, se crea una especie de cerco climático alrededor del desierto.
Pese a esa falta de agua, el paisaje no resulta uniforme. Se encuentran llanuras cubiertas de sal, dunas, cañones, volcanes, géiseres y lagunas situadas a gran altitud. En lugares como el Valle de la Luna, la erosión ha modelado crestas y depresiones cuyos colores cambian según la posición del sol. Más arriba, el terreno desértico se mezcla con el altiplano andino.
También se cuestiona con frecuencia la idea de que el Atacama sea un espacio sin vida. En las lagunas salinas se observan flamencos, mientras que en los suelos más secos se han descubierto comunidades microbianas capaces de soportar una escasez extrema de agua. En algunas zonas meridionales, después de lluvias excepcionales, se produce el llamado desierto florido. Durante unas semanas, un terreno aparentemente estéril queda cubierto de colores.
La presencia humana es igualmente antigua. A lo largo de miles de años, se ocuparon oasis y valles donde era posible cultivar, criar animales y obtener agua. Se establecieron además redes de intercambio que conectaban la costa, los asentamientos interiores y las tierras altas. El desierto, lejos de funcionar como una frontera absoluta, fue atravesado por caravanas, caminos y relaciones culturales.
En la actualidad, una parte importante de su identidad se relaciona con la astronomía. Se han instalado observatorios internacionales en montañas y mesetas donde la atmósfera es seca, estable y poco afectada por la contaminación lumínica. El vapor de agua absorbe ciertas señales procedentes del espacio; al haber tan poca humedad, pueden estudiarse con mayor precisión objetos que serían difíciles de observar desde otros lugares.
El suelo del Atacama también se utiliza como laboratorio para la exploración espacial. Allí se prueban taladros, vehículos e instrumentos diseñados para detectar compuestos relacionados con la vida. La comparación con Marte no es perfecta —el planeta rojo es considerablemente más seco—, pero permite que se ensayen tecnologías bajo condiciones exigentes sin salir de la Tierra.
Desde el turismo, el desierto se contempla como un espectáculo de colores y silencio. Desde la ciencia, se estudia como un archivo climático y un modelo de otros planetas. Ambas miradas revelan la misma paradoja: aquello que parece una ausencia casi total de vida contiene una enorme cantidad de información.
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