El café no nació en Sudamérica, pero encontró allí algunas de sus tierras más productivas. Llegó durante el siglo XVIII y, cien años después, ya transformaba puertos, caminos y ciudades. Hoy Brasil es el mayor productor mundial, mientras Colombia conserva una fama internacional ligada al café arábica suave. Perú ocupa un lugar menor, aunque sus cafés de altura y de especialidad ganan reconocimiento.
Los tres países muestran formas distintas de trabajar. En algunas zonas brasileñas, las fincas son extensas y las máquinas ayudan en la cosecha. En las montañas colombianas, el terreno obliga muchas veces a recoger los frutos a mano. Perú cuenta con numerosas fincas pequeñas donde el café suele crecer junto a árboles que dan sombra.
La cadena empieza con la cereza madura. Después de recogerla, se separan las semillas y se utiliza un proceso seco o lavado. Los granos verdes viajan a mercados extranjeros, donde otras empresas suelen tostarlos, envasarlos y venderlos. Por eso, el país que cultiva el café no siempre recibe la mayor parte del precio final.
Para que una finca sobreviva, no basta con producir mucho. El precio internacional puede caer, mientras los fertilizantes y el transporte se encarecen. El calor, la sequía, las lluvias irregulares y enfermedades como la roya también amenazan las cosechas. Cuando el clima afecta a Brasil, la oferta mundial puede cambiar.
Algunos productores buscan una salida mediante cooperativas, certificaciones y cafés de especialidad. Estos mercados valoran el lugar, la variedad y el método de cultivo. También crecen las cafeterías que tuestan y venden café dentro de la propia región.
Una taza parece un producto sencillo. En realidad, contiene agricultura, comercio y trabajo. Su futuro dependerá de que la industria proteja tanto la calidad del grano como la vida de quienes lo cultivan.
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