Aunque el café es originario de África, Sudamérica terminó convirtiéndose en uno de sus grandes territorios. El cultivo llegó durante el siglo XVIII y se expandió con fuerza en el XIX, cuando la demanda internacional transformó tierras, puertos y relaciones laborales. En Brasil, aquel auge dependió durante décadas del trabajo de personas esclavizadas. La riqueza que produjo el grano modernizó ciudades, pero estuvo distribuida de manera profundamente desigual.

La industria actual conserva diferencias marcadas. En Brasil se producen arábica y conilon un café de la especie Coffea canephora en fincas de tamaños muy diversos. Algunas regiones permiten mecanizar la cosecha, lo que ayuda a explicar su enorme volumen. Colombia se especializa en arábica y sostiene una red de pequeños productores que trabajan sobre laderas donde la recolección suele hacerse a mano. Perú, con una producción menor, destaca por sus fincas familiares, sus cooperativas y parte de su café cultivado bajo sombra.

Después de recogerse las cerezas, se extraen y procesan las semillas. Los granos pueden secarse con parte del fruto o lavarse antes del secado. Luego se clasifican y, en gran medida, se exportan verdes. El tostado, el envasado y la creación de una marca suelen realizarse cerca del consumidor, etapas en las que se añade una porción importante del valor. De este modo, se vende una bebida cara sin que necesariamente aumenten en igual medida los ingresos del agricultor.

Los precios altos tampoco resuelven todos los problemas. Pueden mejorar los ingresos, pero también encarecen la tierra y los insumos. Cuando bajan, una familia puede recibir menos de lo necesario para renovar sus cafetos. Además, se afrontan sequías, lluvias excesivas, heladas y plagas. Como Brasil aporta una parte considerable de la producción mundial, una mala temporada allí se refleja en mercados lejanos.

Se buscan respuestas en variedades más resistentes, sistemas de sombra, mejor uso del agua y ventas directas. Las cooperativas permiten compartir equipos y negociar en grupo; el café de especialidad puede premiar la calidad y el origen. Sin embargo, ninguna etiqueta garantiza por sola una industria justa.

Sudamérica no solo abastece cafeterías extranjeras. También desarrolla tostadores, concursos y consumidores interesados en conocer la finca. Quizá el cambio más importante sea ese: dejar de aparecer únicamente como el lugar donde nace el grano y participar más en la historia y en el valor de la taza terminada.

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