Cuando un barco entra en el Canal de Panamá, no atraviesa una zanja entre dos océanos. Unas esclusas lo elevan hasta el lago Gatún. Después de cruzar el interior del país, otras esclusas lo bajan. El viaje revela una solución ingeniosa, pero esconde una historia compleja.

Francia inició la construcción en 1881. Ferdinand de Lesseps, famoso por el canal de Suez, creyó que podía abrir otra vía al nivel del mar. La geografía tropical demostró lo contrario. Las lluvias causaban derrumbes, las enfermedades se extendían y el dinero se acabó. La empresa francesa abandonó el proyecto.

Estados Unidos retomó las obras en 1904, poco después de apoyar la separación de Panamá de Colombia. Un tratado otorgó a Estados Unidos amplios derechos sobre la futura Zona del Canal. La construcción avanzó con mejores medidas sanitarias, grandes máquinas y un nuevo diseño de esclusas.

También dependió de una enorme fuerza laboral. Decenas de miles de personas llegaron de las Antillas. Realizaron muchos de los trabajos más duros, pero un sistema desigual separaba salarios y servicios según el origen y la raza. Sin ellas, el canal no habría abierto en 1914.

La nueva ruta redujo miles de kilómetros de viaje. Sin embargo, la Zona del Canal dividía el territorio panameño y permanecía bajo control estadounidense. Las protestas del 9 de enero de 1964 impulsaron la exigencia de plena soberanía.

Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 fijaron una transferencia gradual. El 31 de diciembre de 1999, Panamá asumió el control completo. Más tarde, una ampliación inaugurada en 2016 permitió el paso de buques mayores.

Hoy el desafío vuelve a ser natural. Cada cruce utiliza agua dulce de los lagos. Si escasea la lluvia, disminuyen los tránsitos. El canal acortó la distancia entre dos océanos; ahora Panamá debe proteger el agua que mantiene abierto ese atajo.

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