Desde la cubierta de un barco, el Canal de Panamá parece funcionar con una calma casi automática. Se cierran unas compuertas, el agua levanta la nave y el océano queda atrás. Sin embargo, ese movimiento nació de un proyecto marcado por derrumbes, migraciones, poder extranjero y una larga lucha nacional.
La idea de atravesar el istmo era antigua, pero Francia inició el primer intento en 1881. Ferdinand de Lesseps quiso repetir su éxito en Suez mediante un canal al nivel del mar. Panamá presentaba otro paisaje: lluvias intensas, ríos, montañas y tierra inestable. A los problemas técnicos se sumaron las enfermedades y una administración financiera desastrosa. La compañía quebró antes de terminar la obra.
Estados Unidos compró sus derechos y comenzó una nueva etapa en 1904. El inicio estuvo unido a la política regional. Washington apoyó la separación de Panamá de Colombia en 1903 y obtuvo, mediante el Tratado Hay-Bunau-Varilla, el control de una amplia Zona del Canal. Para completar la ruta, los ingenieros abandonaron el canal al nivel del mar. Construyeron la represa de Gatún, crearon un lago artificial y diseñaron esclusas que elevaban y bajaban los buques.
La construcción no fue únicamente una historia de grandes ingenieros. Decenas de miles de antillanos, especialmente de Barbados, Jamaica y otras islas, aportaron la mayor parte del trabajo manual. Muchos quedaron sujetos al sistema del gold roll y el silver roll, que distribuía salarios, viviendas y servicios de manera racialmente desigual. El canal, inaugurado en 1914, fue tanto una obra internacional como una sociedad segregada.
Su éxito transformó el comercio al evitar la vuelta alrededor de Sudamérica. Para Panamá, no obstante, el precio seguía visible: una zona administrada por Estados Unidos atravesaba el país. Las demandas de soberanía crecieron durante décadas. Los acontecimientos del 9 de enero de 1964, originados en una disputa por la bandera panameña, aceleraron la búsqueda de un nuevo acuerdo.
Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 establecieron la transferencia gradual, completada el 31 de diciembre de 1999. Desde entonces, Panamá administra la vía. La ampliación de 2016 añadió nuevas esclusas y abrió el paso a barcos mayores.
El desafío actual nace del propio diseño. Las esclusas utilizan agua dulce almacenada gracias a la lluvia. La fuerte sequía de 2023 y 2024 obligó a reducir tránsitos y mostró una vulnerabilidad mundial. Panamá convirtió su geografía en una ruta; conservarla exige ahora negociar con un clima que ningún tratado controla.
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