Un buque que atraviesa Panamá no navega continuamente al nivel del mar. Entra en una cámara, espera el cierre de las compuertas y asciende con el agua hasta el lago Gatún. Tras cruzar buena parte del istmo, desciende por otras esclusas al océano opuesto. Esa coreografía hidráulica resolvió un problema de ingeniería; la historia política creada a su alrededor tardó más en encontrar salida.
El primer intento comenzó en 1881 bajo dirección francesa. Ferdinand de Lesseps, asociado al éxito de Suez, confió en excavar otro canal al nivel del mar. La comparación ocultaba diferencias. En Panamá había montañas, lluvias torrenciales, ríos variables y suelos propensos a derrumbarse. Las enfermedades transmitidas por mosquitos golpearon a una fuerza laboral que aún desconocía cómo protegerse, mientras la mala gestión agotaba el capital. La compañía quebró en 1889.
Estados Unidos adquirió los activos franceses, pero su entrada estuvo ligada a una transformación territorial. Tras el rechazo colombiano de un tratado canalero, Washington apoyó la separación de Panamá en 1903. El nuevo país firmó poco después el Tratado Hay-Bunau-Varilla, negociado por un representante francés que no era panameño. El acuerdo concedió a Estados Unidos un control extraordinario sobre la Zona del Canal, una franja que atravesaba la república recién nacida.
El proyecto estadounidense sustituyó el canal al nivel del mar por un sistema de represa, lago y esclusas. También mejoró el saneamiento y organizó una maquinaria industrial sin precedentes en la región. Sin embargo, la narración centrada en ingenieros y presidentes reduce a decorado a quienes hicieron posible la obra. Decenas de miles de migrantes antillanos realizaron gran parte del trabajo manual. El sistema del gold roll y el silver roll convirtió la discriminación racial en una estructura de salarios, viviendas y servicios.
Cuando el vapor Ancón inauguró oficialmente la ruta el 15 de agosto de 1914, el mundo obtuvo un atajo estratégico. Panamá, en cambio, convivió con un enclave extranjero instalado en su centro. Las tensiones se acumularon hasta los sucesos del 9 de enero de 1964, cuando una disputa por el derecho a izar la bandera panameña derivó en una confrontación. La fecha se convirtió en un punto decisivo para la causa soberanista.
Los Tratados Torrijos-Carter, firmados en 1977, sustituyeron la concesión perpetua por una transferencia progresiva. Al mediodía del 31 de diciembre de 1999, Panamá asumió la administración completa. La ampliación inaugurada en 2016 confirmó que el país podía gestionar y transformar una infraestructura de alcance mundial.
No obstante, el canal conserva una dependencia elemental. Cada esclusaje requiere agua dulce de una cuenca que también abastece a gran parte de la población. La sequía de 2023 y 2024 redujo los tránsitos y recordó que la eficiencia comercial descansa sobre un ciclo de lluvias vulnerable.
Durante más de un siglo, el canal fue descrito como la victoria humana sobre la geografía. Su futuro sugiere una lectura menos triunfal: ninguna obra domina el territorio que la alimenta. Panamá recuperó la ruta; ahora debe conservar el agua sin la cual aquella conquista carece de movimiento.
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