Pocas variedades de uva poseen una biografía tan improbable como la carménère. Originaria de Burdeos y durante siglos vinculada a sus mezclas tintas, estuvo a punto de desaparecer en el mismo lugar donde había nacido. Su permanencia en el mundo no fue el resultado de un cuidadoso programa de conservación, sino de una confusión mantenida durante más de cien años.

En los viñedos bordeleses, la carménère nunca fue una variedad especialmente cómoda. Su maduración tardía exigía otoños largos y relativamente secos, algo que el clima atlántico no siempre podía ofrecer. Cuando se cosechaba antes de tiempo, expresaba un carácter vegetal intenso; cuando las lluvias se adelantaban, podía perderse parte de la producción. Frente a variedades más previsibles, como el merlot, su cultivo resultaba arriesgado.

A mediados del siglo XIX, antes de que la filoxera transformara la viticultura europea, terratenientes y productores chilenos importaron plantas procedentes de Francia. Su intención era reproducir en Sudamérica el prestigioso modelo de Burdeos. En aquellos cargamentos viajaba la carménère, mezclada física y conceptualmente con el merlot.

La llegada de la filoxera a Europa alteró por completo el destino de la variedad. El insecto devastó los viñedos al atacar las raíces de las plantas europeas. Aunque muchas regiones fueron reconstruidas mediante el uso de portainjertos americanos, los productores franceses apenas recuperaron la carménère. Su comportamiento irregular y su maduración tardía jugaron en su contra. Con el paso de las décadas, se la consideró prácticamente extinguida.

En Chile sucedía lo contrario. Protegidos por el desierto de Atacama, la cordillera de los Andes, el océano Pacífico y las regiones australes, los viñedos permanecieron libres de filoxera. La carménère crecía sin grandes dificultades en los valles centrales, cuyo clima seco y soleado favorecía una maduración más completa. No obstante, continuaba etiquetada como merlot.

La confusión dejó algunas pistas. El llamado merlot chileno maduraba de manera desigual: ciertas plantas estaban listas para la cosecha mientras otras necesitaban varias semanas adicionales. Sus hojas, brotes y flores tampoco eran idénticos. Sin embargo, durante años se interpretaron estas diferencias como simples particularidades locales.

El 24 de noviembre de 1994, durante una visita a Viña Carmen, el ampelógrafo francés Jean-Michel Boursiquot examinó aquellas plantas. Al reconocer características propias de la antigua variedad bordelesa, anunció que una parte considerable del supuesto merlot era, en realidad, carménère. La uva que se creía desaparecida llevaba más de un siglo creciendo a plena vista.

El reconocimiento no produjo resultados inmediatos. Fue necesario identificar parcelas, separar plantas y comprender que la carménère no podía cultivarse siguiendo exactamente el calendario del merlot. La prolongación de la maduración y una selección más cuidadosa de los terrenos permitieron abandonar buena parte de los sabores excesivamente verdes que habían limitado su reputación.

Con el tiempo, la industria chilena transformó una antigua equivocación en una identidad propia. La carménère dejó de ser una imitación defectuosa del merlot y pasó a ocupar un lugar central en el relato internacional del vino chileno.

Su historia resulta reveladora porque contradice la idea de que conservar una especie o una variedad siempre exige reconocerla. En este caso, el desconocimiento fue precisamente lo que permitió su supervivencia. Chile no rescató la carménère cuando estaba a punto de desaparecer: descubrió que llevaba más de un siglo protegiéndola sin saberlo.

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