Aunque parezca una historia inventada, la carménère pasó más de un siglo escondida bajo otro nombre. Su origen se encuentra en Burdeos, una región francesa famosa por sus vinos. Allí formaba parte de las variedades tradicionales, pero nunca fue la más fácil de cultivar. Necesitaba más tiempo y temperaturas más altas para que sus uvas maduraran bien.
Durante el siglo XIX, los propietarios de viñedos chilenos importaron numerosas plantas desde Francia. Entre ellas llegó la carménère. Sin embargo, como se parecía bastante al merlot, ambas variedades se plantaron juntas. Los agricultores comenzaron a llamarla “merlot chileno”.
Poco después, la filoxera destruyó una gran parte de los viñedos europeos. Esta pequeña plaga atacaba las raíces y resultaba muy difícil de controlar. En Burdeos, la carménère fue reemplazada por variedades más resistentes o más sencillas de cultivar. Con el tiempo, muchos expertos pensaron que había desaparecido.
Chile, en cambio, ofrecía mejores condiciones para su supervivencia. Sus barreras naturales ayudaron a mantener la filoxera fuera del país. Además, el clima de los valles centrales era más seco y cálido que el de Burdeos.
El misterio terminó el 24 de noviembre de 1994. Durante una visita a Viña Carmen, el especialista francés Jean-Michel Boursiquot observó detalles que no correspondían al merlot. Las plantas eran, en realidad, carménère.
El descubrimiento obligó a que los productores revisaran sus viñedos y separaran las dos variedades. También tuvieron que esperar más antes de cosechar la carménère, para que alcanzara una madurez adecuada.
Así, una uva que había sido secundaria en Francia encontró en Chile un papel mucho más importante. No regresó exactamente a su antigua vida: comenzó una nueva.
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