El Museo de las Momias de Guanajuato nació de una tarea administrativa. No hubo una expedición arqueológica ni una búsqueda de objetos excepcionales. Los trabajadores del Panteón de Santa Paula necesitaban retirar restos de nichos que ya no se utilizaban. Al abrir uno de ellos, encontraron algo que no esperaban.

El cementerio había sido inaugurado en 1861, en una época en la que las ciudades mexicanas comenzaban a trasladar los entierros fuera de las iglesias y de las zonas más pobladas. Parte de sus muros contenía nichos superpuestos. Cuando las familias dejaban de mantener el derecho de uso, los restos podían retirarse para liberar el espacio.

El 23 de junio de 1871 se abrió el nicho de Remigio Leroy. El médico francés había fallecido en 1865, pero su cuerpo no había sufrido la transformación habitual. Aquel hallazgo se convirtió en el primer caso documentado de una colección que creció durante las décadas siguientes.

Los cuerpos no pertenecían a una misma familia ni compartían una sola causa de muerte. Lo que terminó reuniéndolos fue su conservación inesperada. En 2025, un proyecto del Instituto Nacional de Antropología e Historia examinó 117 cuerpos momificados, distribuidos entre el museo y el parador turístico Sangre de Cristo.

La palabra «momia» puede llevar a una comparación engañosa. En el antiguo Egipto, los cuerpos se preparaban de manera intencional como parte de una práctica funeraria. En Guanajuato, la momificación fue natural: ocurrió sin que las familias ni los trabajadores la buscaran.

Durante mucho tiempo, el fenómeno se atribuyó a los minerales del suelo. La explicación encajaba con la identidad minera de la ciudad, pero simplificaba demasiado el proceso. Muchos de los cuerpos habían permanecido dentro de nichos construidos, sin contacto directo con la tierra.

Una investigación publicada en 2024 estudió los materiales utilizados en Santa Paula. Se analizaron el adobe minero, el ladrillo y distintos tipos de piedra, además de la temperatura y la humedad de varios nichos. Los resultados indicaron que la composición y la distribución de esos materiales generaron microclimas favorables para la conservación.

Por tanto, no existe una única sustancia responsable. La pérdida rápida de humedad dependió de varias condiciones que podían cambiar de un nicho a otro. La orientación, la circulación del aire, los materiales e incluso el ataúd pudieron influir. Esa variedad ayuda a explicar por qué solo algunos cuerpos se momificaron.

La ciencia ofrece respuestas parciales y cuidadosas. Las leyendas, en cambio, suelen ofrecer escenas completas. La más famosa sostiene que algunas personas fueron enterradas vivas y que sus rostros conservan el miedo de sus últimos instantes.

Esa interpretación resulta poderosa, pero no constituye una prueba. Después de la muerte, la mandíbula y otras partes del cuerpo pueden cambiar de posición. Una expresión actual no reproduce necesariamente el gesto final de una persona. Sin documentos médicos o históricos, la historia debe presentarse como leyenda.

También se ha repetido que gran parte de la colección procede de la epidemia de cólera de 1833. Sin embargo, el Panteón de Santa Paula abrió veintiocho años más tarde. Podrían existir casos relacionados con otras epidemias o con traslados posteriores, pero la relación general con 1833 necesita pruebas que no suelen acompañar el relato.

Estas historias no se difundieron únicamente porque fueran fáciles de creer. También ayudaron a convertir los cuerpos en una atracción. Durante años, las visitas fueron informales y se realizaban cerca del cementerio. La curiosidad creció hasta que, en 1969, se estableció un museo permanente.

Desde entonces, las momias se han convertido en uno de los símbolos más reconocibles de Guanajuato. El museo atrae visitantes y permite conocer un fenómeno natural poco común. Al mismo tiempo, plantea una pregunta incómoda: ¿cómo se debe exhibir el cuerpo de una persona que nunca eligió formar parte de una colección?

No es necesario que el museo esconda las momias para tratarlas con dignidad. La diferencia se encuentra en el modo de presentarlas. Si se usan apodos crueles, luces de terror o historias inventadas, el visitante ve personajes. Si se ofrecen datos comprobados y se explican las dudas, vuelve a ver personas.

La identidad ocupa un lugar central en los trabajos recientes. Especialistas del INAH han revisado documentos y realizado estudios no invasivos con el fin de conocer mejor la edad, la salud y las condiciones de vida de los individuos. También evalúan su estado de conservación para que cada cuerpo reciba el cuidado adecuado.

Recuperar una profesión o un vínculo familiar puede parecer un logro pequeño. En realidad, modifica el sentido de la colección. Remigio Leroy deja de ser solamente «la primera momia» cuando sabemos que fue un médico francés que vivió y murió lejos de su país.

Los demás cuerpos también tuvieron una historia anterior al museo. Algunos nombres podrán recuperarse; otros quizá permanezcan desconocidos. Reconocer ese límite es más honesto que llenar los vacíos con leyendas.

El asombro y el respeto no tienen por qué ser enemigos. Bien contado, el origen de las momias permite hablar de ciencia, historia urbana y costumbres funerarias. También obliga a pensar en la responsabilidad de mirar. El tiempo conservó los cuerpos por accidente; la forma de mostrarlos ya no es accidental.

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