Para muchos visitantes, la primera aparición de un viejo convertible en una calle de La Habana parece una escena preparada para una película. Sin embargo, los automóviles estadounidenses de Cuba no fueron colocados allí para decorar la ciudad. Su permanencia se explica por una combinación de comercio, política, escasez e improvisación.

Durante las décadas anteriores a la Revolución de 1959, Cuba estuvo profundamente vinculada a la economía estadounidense. Se importaron miles de vehículos de marcas como Chevrolet, Ford, Cadillac, Buick y Plymouth. La isla representaba un mercado cercano y atractivo, especialmente en las zonas urbanas.

Tras el triunfo revolucionario, las relaciones entre los dos gobiernos se deterioraron rápidamente. Se impusieron controles comerciales y, más tarde, un embargo que redujo drásticamente la llegada de productos estadounidenses. Los automóviles dejaron de importarse con normalidad, pero también escasearon las piezas necesarias para repararlos. Al mismo tiempo, la compra de vehículos nuevos quedó fuera del alcance de gran parte de la población.

Los coches que ya circulaban tuvieron que ser conservados. Se repararon motores dañados, se fabricaron componentes y se adaptaron piezas procedentes de vehículos soviéticos, europeos o asiáticos. De este modo, muchos clásicos cubanos se transformaron en máquinas híbridas, cuya apariencia exterior oculta décadas de modificaciones.

Esa transformación explica su verdadera originalidad. En otros países, un coleccionista suele valorar que un automóvil mantenga sus piezas de fábrica. En Cuba, en cambio, se valora con frecuencia que el vehículo continúe funcionando. La autenticidad no depende solamente de conservar el pasado, sino de haber sobrevivido a él.

También se les han dado distintos usos. Algunos almendrones funcionan como taxis colectivos, en los que se transporta a trabajadores y estudiantes. Otros han sido restaurados para realizar recorridos turísticos. Además, muchos permanecen dentro de una misma familia y se transmiten de una generación a otra.

La imagen romántica del automóvil clásico no cuenta toda la historia. Detrás de su pintura brillante puede haber años de dificultades, reparaciones costosas y trabajo constante. Para el turista es una fotografía; para el propietario, quizá sea el sustento de la casa. Esa diferencia de miradas convierte a estos vehículos en algo más complejo que una curiosidad: son documentos históricos que todavía arrancan cada mañana.

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