Si un gato pudiera leer este artículo, probablemente bostezaría, miraría por la ventana y seguiría ignorándonos. Y, de alguna manera, esa actitud resume bastante bien millones de años de evolución.
Los antepasados de los gatos modernos aparecieron hace decenas de millones de años. Eran pequeños depredadores que vivían entre los árboles y cazaban insectos, reptiles y otros animales de tamaño reducido. Con el paso del tiempo, distintas especies felinas fueron adaptándose a ambientes muy diferentes. Algunas crecieron hasta convertirse en leones y tigres; otras siguieron siendo ágiles cazadoras de menor tamaño. Entre ellas surgió un pequeño felino africano llamado Felis silvestris lybica, considerado el antepasado directo del gato doméstico.
Lo curioso es que los seres humanos no domesticaron a los gatos de la misma forma que a los perros. Nadie salió a buscar un gato salvaje con la idea de entrenarlo para obedecer órdenes. Fueron los propios gatos quienes encontraron una oportunidad. Hace unos diez mil años, cuando las primeras comunidades agrícolas comenzaron a almacenar cereales, los ratones llegaron para aprovechar la comida. Y detrás de los ratones aparecieron los gatos.
El trato era perfecto. Los humanos protegían el grano; los gatos reducían la población de roedores. Nadie tuvo que firmar un contrato. Bastó con que ambas especies descubrieran que la convivencia les convenía.
Con el tiempo, los gatos se extendieron por el mundo. Los marineros los llevaban en los barcos para controlar las ratas durante los viajes, y así terminaron llegando a puertos de Europa, Asia y América. Su reputación, sin embargo, no siempre fue excelente. En algunos lugares fueron venerados, como ocurrió en el antiguo Egipto, donde incluso estaban asociados con divinidades. En otros momentos de la historia fueron perseguidos por supersticiones que hoy resultan difíciles de creer.
A pesar de miles de años viviendo junto a nosotros, los gatos han cambiado menos de lo que muchos imaginan. Conservan casi todos los comportamientos de un cazador salvaje. Acechan cualquier objeto que se mueve, saltan con una precisión impresionante y pueden pasar varios minutos observando una simple mosca como si estuvieran planeando una operación militar.
Quizá esa sea la mayor diferencia entre perros y gatos. Muchos perros parecen pensar: «Mi humano me da comida; debe de ser una persona extraordinaria». Un gato, en cambio, podría llegar a otra conclusión: «Mi humano me da comida todos los días. Claramente, tengo personal».
Hoy existen cientos de razas y millones de gatos viven cómodamente en hogares de todo el planeta. Sin embargo, bajo ese aspecto adorable sigue escondiéndose un pequeño depredador perfectamente diseñado por la evolución. Tal vez por eso un gato puede dormir dieciséis horas seguidas y, cinco segundos después de oír abrir una lata, aparecer junto a tus piernas como si hubiera estado vigilándote todo el tiempo.
Después de millones de años de cambios, la evolución ha producido una criatura elegante, silenciosa, independiente... y completamente convencida de que el verdadero dueño de la casa es ella.
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