En la ciudad mexicana de Guanajuato existe un museo poco común. Su colección no llegó de una antigua pirámide. Nació por casualidad dentro de un cementerio.

El Panteón de Santa Paula abrió en 1861. En sus paredes había espacios cerrados llamados nichos. Muchas familias pagaban por guardar allí los cuerpos de sus familiares. Cuando un espacio quedaba libre, los trabajadores retiraban los restos.

El 23 de junio de 1871, abrieron el lugar de Remigio Leroy. Era un médico francés que murió en 1865. Los trabajadores esperaban encontrar huesos. Sin embargo, encontraron su cuerpo casi completo.

Más tarde encontraron otros cuerpos en un estado parecido. Eran hombres, mujeres y niños. Poco a poco, la noticia llegó a muchas personas.

Estas momias son diferentes de las momias egipcias. Nadie preparó los cuerpos con una técnica especial. El proceso ocurrió de forma natural.

Durante mucho tiempo, la gente pensó que el suelo causaba el cambio. Ahora sabemos que la respuesta es más complicada. Los cuerpos estaban dentro de nichos hechos con adobe, ladrillo y piedra. Estos materiales crearon espacios con poca humedad. Por eso, algunos cuerpos perdieron agua muy rápido.

El mismo cambio no ocurrió en todos los nichos. La temperatura, el aire y los materiales eran diferentes en cada espacio. Solo algunos cuerpos se conservaron.

Al principio, los visitantes entraban en una zona del cementerio. Querían ver aquellos cuerpos tan extraños. En 1969 abrió un museo formal. Con el tiempo, las momias se hicieron famosas en México y otros países.

También aparecieron muchas leyendas. La más conocida cuenta que algunas personas fueron enterradas cuando todavía vivían. La forma de sus rostros parecía apoyar aquella historia. Pero la boca y el cuerpo pueden cambiar de posición. Por eso, esa forma no prueba la historia.

Hoy, varios expertos estudian las momias y los documentos antiguos. Buscan sus nombres, edades y trabajos. Además, quieren proteger los cuerpos del paso del tiempo.

El museo puede causar miedo o curiosidad. Pero detrás de cada momia hubo una vida. Recordarla cambia nuestra manera de mirar.

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