Un puma puede vivir en un bosque canadiense, cruzar un desierto mexicano o vigilar guanacos en la Patagonia. Ningún otro mamífero terrestre nativo ocupa una zona tan extensa del hemisferio occidental. Su éxito no depende de dominar un solo ambiente, sino de adaptarse a muchos.
El color uniforme de su pelaje explica su nombre científico, Puma concolor. También lo ayuda a confundirse con rocas, tierra y vegetación seca. Suele vivir solo y prefiere moverse cuando hay poca luz. Antes de atacar, se aproxima en silencio. Sus fuertes patas traseras le permiten dar saltos largos y sorprender a la presa.
La dieta cambia según el lugar. En América del Norte caza con frecuencia venados; en los Andes puede alimentarse de vicuñas o guanacos. También consume animales pequeños. Esta variedad le permite sobrevivir cuando una fuente de alimento disminuye.
El puma influye en muchas otras especies. Al controlar herbívoros, puede reducir la presión sobre las plantas. Los restos que deja alimentan a cóndores, zorros, insectos y otros carroñeros. Por eso, protegerlo beneficia a una red mucho mayor.
Aunque pertenece a los grandes felinos de América, no puede rugir. En cambio, ronronea, maúlla y produce llamadas intensas. Las hembras crían solas a sus cachorros. Los jóvenes permanecen con la madre mientras aprenden a cazar y reconocer peligros.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza clasifica al puma como especie de preocupación menor. Eso no significa que esté seguro en todas partes. La expansión urbana, las carreteras y la pérdida de hábitat aíslan poblaciones. Además, algunos pumas atacan ganado y mueren después por represalias.
Si queremos que continúe recorriendo América, es importante que conectemos áreas naturales y apoyemos métodos que protejan los rebaños. El puma ha demostrado que puede adaptarse a casi todo. Falta que nosotros aprendamos a adaptarnos a su presencia.
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