Hace varios siglos, un pueblo polinesio vivía en Rapa Nui, una pequeña isla del océano Pacífico. Sus habitantes construyeron enormes figuras de piedra llamadas moáis.

Los moáis no eran simples adornos. Probablemente representaban a importantes antepasados. Muchas figuras miraban hacia el interior de la isla, donde estaban las casas y los campos. Parecía que vigilaban a sus familias. Tenían un trabajo importante, aunque nunca se movían durante la noche.

La mayoría fue tallada en la cantera de Rano Raraku. Después, los habitantes tuvieron que llevar las estatuas hasta diferentes partes de la isla. Durante años, nadie entendió cómo lo hicieron.

Una teoría moderna explica que usaron cuerdas. Tiraron del moái desde varios lados y lo movieron poco a poco. La figura avanzó de forma vertical, como si caminara. Algunos experimentos modernos mostraron que este método podía funcionar.

También existía otro misterio. Cuando llegaron los europeos, la isla casi no tenía árboles. Durante mucho tiempo, se dijo que sus habitantes destruyeron el bosque, lucharon entre ellos y acabaron con su propia sociedad.

Sin embargo, nuevas investigaciones contaron una historia menos sencilla. La población se adaptó a los cambios y continuó cultivando alimentos. Las mayores tragedias llegaron después del contacto europeo, con enfermedades y capturas de habitantes.

Rapa Nui no fue una isla de personas que no sabían cuidar su hogar. Fue una sociedad creativa que sobrevivió en uno de los lugares más aislados del planeta.

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