El rostro de Frida Kahlo aparece hoy en carteles, cuadernos, camisetas y hasta fundas para teléfonos. Su ceja unida, sus flores y sus vestidos mexicanos son reconocibles en casi todo el mundo. Sin embargo, cuanto más famosa se vuelve su imagen, más fácil resulta olvidar a la mujer que existía detrás de ella.
Frida nació en 1907 y creció en la Casa Azul de Coyoacán. Durante su infancia sufrió problemas de salud, pero el momento que cambió su vida llegó a los dieciocho años. Un accidente de autobús le causó lesiones graves y la obligó a pasar largos periodos en cama.
Mientras se recuperaba, comenzó a pintar. Como tenía un espejo cerca, se usó a sí misma como modelo. No lo hizo solamente porque fuera la persona más disponible. En sus autorretratos podía investigar su dolor, su identidad y la forma en que los demás la miraban.
Frida pintó su rostro muchas veces, pero nunca de una manera completamente tranquila. En sus obras aparecen animales, plantas, heridas simbólicas y paisajes extraños. Aunque sus cuadros sean personales, también hablan de temas universales: el miedo, el amor y la necesidad de saber quiénes somos.
Su relación con Diego Rivera fue igualmente intensa. Él ya era un muralista famoso cuando se conocieron. Se casaron, se separaron y volvieron a casarse. Se admiraban como artistas, aunque su vida en común estuviera lejos de ser sencilla.
También es importante que veamos a Frida como una mujer interesada en la política y en la cultura mexicana. Sus vestidos tradicionales no eran un simple disfraz. Le servían para expresar orgullo cultural y para construir una identidad propia.
Quizá Frida se sorprendería al descubrir su cara en tantos objetos. Probablemente le gustaría la fama, pero no necesariamente una taza barata con una frase que nunca dijo. Su verdadero rostro está en sus pinturas: orgulloso, incómodo y decidido a no mirar hacia otro lado.
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