En los mercados andinos, las hojas de coca parecen sencillas. Son pequeñas y verdes. Sin embargo, llevan miles de años viajando entre valles cálidos y ciudades altas.

Los pueblos andinos las usaron antes del Imperio inca. Compartían coca al trabajar, conversar y celebrar. También dejaban hojas como ofrendas a la tierra y las montañas. Los incas controlaron su cultivo y transporte por el imperio.

Cuando llegaron los españoles, algunos religiosos rechazaron esta tradición. Los colonizadores descubrieron que la coca era importante para los trabajadores indígenas. Entonces promovieron su venta en pueblos mineros y cobraron impuestos.

En 1860, un químico europeo aisló la cocaína de la hoja. Era una sustancia mucho más concentrada. Durante los años siguientes, tuvo usos médicos, pero también causó graves problemas. Poco a poco, gran parte del mundo comenzó a mirar la coca con miedo.

Hoy, la hoja continúa presente en la vida andina. Se comparte, se usa en ceremonias y forma parte de algunas bebidas tradicionales. Las leyes internacionales todavía la controlan porque puede servir para producir cocaína.

Para muchas comunidades, esa norma confunde dos historias diferentes. La cocaína nació en un laboratorio moderno. La coca, en cambio, guarda todavía una memoria de ocho mil años.

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