La caída del Imperio azteca suele presentarse como una victoria rápida de unos pocos españoles sobre una civilización inmensa. Sin embargo, aquella imagen simplifica una historia marcada por las rivalidades indígenas, las epidemias y las decisiones políticas.
A comienzos del siglo XVI, Tenochtitlan era el centro de un sistema imperial que controlaba buena parte del centro de México. Desde la capital se exigían tributos a numerosos pueblos, los cuales entregaban alimentos, tejidos, objetos de lujo y prisioneros. Aunque este sistema enriqueció a la élite mexica, también generó resentimiento entre las comunidades sometidas.
Cuando Hernán Cortés llegó en 1519, supo aprovechar esas divisiones. Se formaron alianzas con grupos indígenas que deseaban debilitar a Tenochtitlan. Entre ellos destacaron los tlaxcaltecas, cuyos guerreros participaron de manera decisiva en la campaña. Por eso, la conquista no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre españoles y aztecas.
Moctezuma recibió a los recién llegados en la capital, donde los contactos iniciales pronto dieron paso a la desconfianza. El emperador fue retenido y la tensión aumentó. Tras una rebelión, los españoles fueron expulsados durante la Noche Triste, ocurrida en 1520.
No obstante, la situación cambió con la expansión de la viruela. La enfermedad, contra la cual la población indígena no tenía inmunidad, causó una enorme pérdida de vidas. También se debilitó la organización militar y política de la ciudad.
En 1521 se inició el asedio definitivo. Se bloquearon las rutas de abastecimiento y se destruyeron zonas de la capital. Después de varias semanas de resistencia, Cuauhtémoc fue capturado el 13 de agosto.
Sobre las ruinas de Tenochtitlan se construyó la Ciudad de México colonial. A pesar de la destrucción, no se eliminó por completo el mundo indígena. La lengua náhuatl, las costumbres locales y numerosos conocimientos sobrevivieron, se adaptaron y pasaron a formar parte de una sociedad nueva.
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