En lo alto de una colina de Guanajuato se encuentra el Panteón de Santa Paula. A su lado funciona uno de los museos más conocidos de la ciudad. Allí se conservan las famosas momias de Guanajuato, aunque nadie planeó crear la colección.

El cementerio abrió en 1861. Muchos cuerpos se colocaban en nichos construidos dentro de los muros. El uso de esos espacios no siempre era permanente. Cuando un nicho quedaba abandonado, los trabajadores podían retirar los restos para utilizarlo de nuevo.

Una de esas exhumaciones produjo una sorpresa. El 23 de junio de 1871, los trabajadores abrieron el nicho de Remigio Leroy, un médico francés que había muerto seis años antes. Esperaban encontrar los restos habituales. En cambio, descubrieron que el cuerpo se había conservado.

Leroy fue el primer caso documentado de la colección. Durante los años siguientes aparecieron otros cuerpos en condiciones parecidas. La noticia despertó tanta curiosidad que algunas personas comenzaron a visitar el lugar.

Las momias de Guanajuato no fueron preparadas de manera intencional. A diferencia de las momias egipcias, no formaban parte de un rito especial. Su conservación ocurrió de forma natural.

Para que un cuerpo se conserve de esta manera, debe perder humedad con rapidez. Durante mucho tiempo se dijo que los minerales del suelo habían causado el fenómeno. Esa explicación parecía lógica en una ciudad famosa por sus minas, pero tenía un problema: muchos cuerpos se encontraban dentro de nichos y no bajo tierra.

Un estudio reciente analizó el adobe, el ladrillo y la piedra del panteón. Los investigadores observaron que estos materiales creaban condiciones particulares de temperatura y humedad. Algunos nichos permitieron que ciertos cuerpos se secaran antes de que avanzara el proceso normal de descomposición.

Esto no significa que todos los cuerpos del cementerio se convirtieran en momias. Pequeñas diferencias en el aire, los materiales o la posición del nicho podían cambiar el resultado. No hubo una causa mágica, sino una combinación poco común de factores.

Al principio, las visitas eran informales. Los trabajadores mostraban los cuerpos a las personas interesadas. En 1969 abrió un museo permanente, y la colección terminó por convertirse en un símbolo turístico de Guanajuato.

La fama trajo también muchas leyendas. La más conocida afirma que algunas personas fueron enterradas vivas. Sus bocas abiertas se han presentado como una señal de miedo. Sin embargo, la posición actual de un cuerpo no permite saber cómo fueron sus últimos momentos. Para que una historia así se acepte, hacen falta pruebas médicas o históricas, y hasta ahora no han aparecido.

Otra versión popular relaciona la colección con la epidemia de cólera de 1833. La fecha plantea una duda importante, porque Santa Paula no abrió hasta 1861. Es posible que algunos cuerpos estén relacionados con enfermedades posteriores, pero no se puede presentar aquella epidemia como explicación general sin documentos que lo demuestren.

En la actualidad, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estudian los cuerpos y revisan archivos. El proyecto incluye análisis físicos y radiológicos. También busca información en actas, registros del cementerio y otros documentos.

El objetivo no consiste solamente en descubrir cómo se formaron las momias. Los investigadores quieren saber quiénes fueron aquellas personas. Un nombre, una profesión o una relación familiar puede devolver parte de una vida que la fama del museo dejó en segundo plano.

El caso de Remigio Leroy lo demuestra. Es conocido como la primera momia, pero antes fue un médico francés que vivió en México. Su historia no comenzó en una vitrina.

Las momias pueden despertar asombro sin convertirse en personajes de terror. Si el museo distingue las pruebas de las leyendas y presenta cada cuerpo con respeto, la visita puede contar algo más profundo: no solo cómo se conserva una persona después de morir, sino cómo una ciudad decide recordarla.

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