Los Andes se extienden a lo largo del borde occidental de Sudamérica. Con unos 7.000 kilómetros de longitud, atraviesan siete países y forman la cordillera continental continua más larga del planeta. Su punto más alto es el Aconcagua, en Argentina, que alcanza 6.961 metros.

Estas montañas no aparecieron de una sola vez. Durante millones de años, la placa de Nazca se introdujo debajo de la placa Sudamericana. Esa presión levantó el terreno y todavía provoca terremotos y actividad volcánica. Por eso, aunque sus cumbres parezcan inmóviles, la cordillera sigue cambiando.

La altura crea paisajes muy distintos. Hay bosques húmedos, valles fértiles, mesetas frías, desiertos y glaciares. Los Andes también frenan masas de aire y modifican las lluvias. Así, dos lugares cercanos pueden tener climas más diferentes de lo que su distancia sugiere.

Las sociedades andinas aprendieron a vivir con esas condiciones. Construyeron terrazas, cultivaron papas, maíz y quinua, y criaron llamas y alpacas. Muchas de estas prácticas continúan para que las comunidades aprovechen terrenos difíciles sin abandonar su conocimiento tradicional.

La cordillera también funciona como una gran reserva de agua. La nieve y los glaciares alimentan ríos, campos y ciudades. Sin embargo, varios glaciares tropicales están retrocediendo. Es importante que los países compartan información y protejan estos recursos, aunque sus fronteras dividan las montañas.

Los Andes no son una pared que separa Sudamérica. Son un eje que conecta paisajes, pueblos e historias.

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