La empanada parece una idea sencilla: se prepara una masa, se coloca un relleno en el centro y se cierran los bordes. Sin embargo, basta con viajar por el mundo hispanohablante para descubrir que no existe una sola empanada. Cada país, e incluso cada región, defiende la suya como si fuera la única versión correcta.
La palabra viene de empanar, es decir, cubrir un alimento con pan o masa. Las empanadas se conocían en España antes de llegar a América. En Galicia todavía se prepara una versión grande y horneada, que se corta en porciones y puede llevar pescado, carne o verduras.
En América Latina, la receta se adaptó a los productos locales. En Argentina, las empanadas suelen prepararse al horno, aunque también se fríen. Las de carne son muy conocidas, pero su sabor cambia según la provincia. Es posible que una empanada del norte tenga más especias que una de Buenos Aires.
La empanada chilena de pino lleva una mezcla de carne y cebolla. También puede incluir huevo, aceituna y pasas. La presencia de las pasas provoca discusiones familiares bastante serias. Hay personas que las consideran esenciales y otras que preferirían no encontrarlas nunca.
En Bolivia, la salteña se reconoce por su masa ligeramente dulce y su relleno con mucho caldo. Para que el líquido no caiga, conviene que se coma desde arriba y con cuidado. Es más difícil que una empanada común, pero también convierte el desayuno en una pequeña prueba de habilidad.
Colombia y Venezuela ofrecen empanadas de maíz, generalmente fritas. Pueden rellenarse con carne, pollo, queso, papas o frijoles. Su exterior crujiente contrasta con el interior suave.
Aunque todas compartan una idea básica, las empanadas cuentan historias diferentes. Cambian la masa, el relleno y la manera de cocinarlas. Lo único constante es que una casi nunca parece suficiente.
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