El Imperio inca controlaba una enorme región de Sudamérica. Desde Cusco, sus gobernantes dirigían pueblos situados entre altas montañas, costas secas y valles fértiles. Para mantener unido ese territorio, necesitaban una buena red de comunicación.
Esa red se llamaba Qhapaq Ñan. Los incas no construyeron todas sus rutas desde el principio. Algunos caminos eran más antiguos y pertenecían a culturas anteriores. Sin embargo, los ampliaron y los organizaron como parte de un mismo sistema.
Los constructores adaptaban cada ruta al paisaje. Colocaban piedras en ciertos tramos, hacían escaleras en las montañas y preparaban sistemas para sacar el agua de la lluvia. Cuando un río o una quebrada bloqueaba el paso, construían puentes con fibras vegetales.
Por estos caminos viajaban soldados, funcionarios y caravanas de llamas. También corrían los chasquis, mensajeros que trabajaban en equipos. Cada corredor llevaba el mensaje durante una distancia corta y se lo entregaba al siguiente.
A lo largo de la red había lugares de descanso llamados tambos. Cerca de algunas rutas también se encontraban depósitos con alimentos, ropa y materiales. Estos recursos ayudaban a los viajeros y al ejército.
El Qhapaq Ñan permitió que la información y los productos circularan por el imperio. No eliminó las enormes distancias de los Andes, pero hizo posible que Cusco estuviera presente mucho más allá de sus montañas.
La conquista no terminó rápidamente. Algunos pueblos indígenas ayudaron a los españoles porque eran enemigos de los incas. Otros defendieron el imperio. Manco Inca organizó una gran rebelión y atacó Cusco en 1536. Después se retiró a Vilcabamba, donde la resistencia continuó hasta 1572.
El gobierno inca desapareció, pero sus habitantes conservaron muchas tradiciones. La lengua quechua, la agricultura y las costumbres andinas sobrevivieron. Los conquistadores tomaron el poder; no pudieron llevarse toda la historia.
Tip: tap any word to see its English translation.
