Si alguien afirma que los gatos fueron domesticados por los seres humanos, conviene hacer una pequeña corrección. Lo más probable es que ambas especies llegaran, hace miles de años, a un acuerdo tácito del que las dos salieron beneficiadas. Los gatos obtuvieron alimento y refugio; nosotros, un eficaz sistema de control de plagas. Quién salió ganando más sigue siendo motivo de debate, especialmente para cualquiera que haya cedido su mejor sillón a un felino.
La historia comienza mucho antes de que existieran las ciudades. Los antepasados de los gatos modernos eran pequeños depredadores que recorrían bosques y sabanas cazando aves, reptiles y pequeños mamíferos. De una de esas ramas evolutivas surgió Felis silvestris lybica, el gato montés africano que acabaría convirtiéndose en el ancestro del gato doméstico.
A diferencia del perro, cuya domesticación implicó una selección activa por parte de los seres humanos, el gato llegó por iniciativa propia. Hace unos diez mil años, la agricultura permitió almacenar grandes cantidades de cereales. Allí donde aparecía el grano, aparecían también los roedores. Y allí donde abundaban los roedores, los gatos encontraban un auténtico paraíso.
La relación prosperó sin necesidad de imponer obediencia. Los agricultores protegían sus cosechas y los gatos disponían de un suministro constante de presas. Con el tiempo comenzaron a viajar junto a comerciantes y marineros, expandiéndose por continentes enteros mientras mantenían a raya a las ratas que infestaban los barcos.
Ni siquiera miles de años de convivencia han borrado su naturaleza. El gato doméstico conserva casi intacto el comportamiento de un cazador: observa con paciencia, calcula cada movimiento y reacciona con una rapidez extraordinaria ante el menor estímulo. Esa mosca que revolotea por el salón no es un simple insecto; para el gato representa una oportunidad de demostrar que la evolución sigue funcionando a la perfección.
Quizá por eso los gatos transmiten una sensación de independencia que otros animales domésticos rara vez igualan. Muchos perros parecen convencidos de que su dueño merece admiración. Los gatos, en cambio, suelen comportarse como si fueran ellos quienes hubieran decidido acogernos en su hogar. Y, viendo la facilidad con la que terminamos adaptando nuestros horarios a los suyos, cuesta encontrar argumentos para llevarles la contraria.
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