Toda fiesta popular contiene una pequeña rebelión contra la vida ordinaria. Se ocupa la calle, se altera el horario y se permite lo que cualquier otro día resultaría absurdo. La Tomatina lleva ese principio hasta sus últimas consecuencias: durante una hora, Buñol renuncia a la obligación de mantener limpias sus fachadas y convierte el tomate alimento, cultivo y mercancía en proyectil festivo.

La imagen ha alcanzado tal fama que parece concebida por una agencia de publicidad. Miles de cuerpos teñidos de rojo, camiones avanzando entre la multitud y una plaza irreconocible ofrecen exactamente el tipo de espectáculo que exige la cultura visual contemporánea. Sin embargo, La Tomatina nació mucho antes de que una celebración necesitara ser fotografiable para justificar su existencia.

El relato aceptado sitúa el origen en 1945, durante un desfile de gigantes y cabezudos. Varios jóvenes intentaron incorporarse a la comitiva, uno de los participantes cayó y el forcejeo derivó en una pelea. Había un puesto de verduras cerca. Lo demás fue una mezcla de oportunidad, impulso colectivo y esa clase de accidente que solo después adquiere apariencia de destino.

El episodio habría quedado reducido a una anécdota si los jóvenes no hubieran regresado al año siguiente con tomates traídos de sus casas. Esa repetición consciente cambió la naturaleza del gesto. La primera batalla fue una improvisación; la segunda ya contenía el deseo de fundar una costumbre.

Las autoridades comprendieron pronto el inconveniente, aunque no su fuerza simbólica. La fiesta fue perseguida y prohibida durante los años cincuenta. Los vecinos respondieron en 1957 con una ceremonia difícil de superar en inteligencia popular: el entierro del tomate. Un gran tomate colocado dentro de un ataúd recorrió el pueblo mientras una banda interpretaba marchas fúnebres. Bajo la broma se escondía una exigencia muy seria. Si la fiesta debía morir, la comunidad quería al menos acompañar el cadáver y demostrar públicamente que lo consideraba suyo.

La protesta funcionó. Autorizada e institucionalizada, La Tomatina inició el trayecto habitual de muchas tradiciones: primero fue tolerada, después organizada y finalmente promocionada. La televisión española amplió su notoriedad en la década de 1980; la declaración como Fiesta de Interés Turístico Internacional, concedida en 2002, confirmó su transformación en emblema nacional de alcance mundial.

El éxito produjo una contradicción inevitable. Cuanto más espontánea parecía la experiencia en las fotografías, más planificación requería fuera de ellas. Hoy se limita el aforo, se venden entradas, se vigilan los accesos y se controla el recorrido de los camiones. Los tomates deben aplastarse antes de ser lanzados y dos señales delimitan con precisión el tiempo durante el cual se permite el desorden.

La propia existencia de esas reglas explica el atractivo de la fiesta. La Tomatina no elimina el orden; lo esconde. La multitud puede comportarse como si toda norma hubiera desaparecido porque equipos enteros se ocupan de la seguridad, el transporte y la limpieza. La transgresión ha sido cuidadosamente preparada y posee una hora exacta de caducidad.

También la materia prima se encuentra en el centro de una disputa. Para algunos críticos, arrojar toneladas de tomates constituye una exhibición difícil de defender en un mundo marcado por el hambre y el desperdicio alimentario. Los organizadores responden que los frutos se producen para la celebración y no forman parte del mercado habitual de alimentos. Ambas posiciones revelan que un tomate puede representar cosas distintas: comida para unos, símbolo festivo para otros y recurso turístico para el municipio.

La cuestión no se limita al desperdicio. Cuando una fiesta local adquiere fama internacional, corre el riesgo de dejar de pertenecer plenamente a quienes la crearon. Los visitantes aportan ingresos, llenan los negocios y difunden el nombre de Buñol, pero también alteran la escala del acontecimiento. La tradición debe acomodarse a horarios turísticos, dispositivos de seguridad y expectativas construidas desde fuera.

Aun así, reducir La Tomatina a una atracción comercial sería ignorar su historia. La fiesta no fue inventada para atraer viajeros. Existía antes de las entradas, las campañas promocionales y las cámaras extranjeras. Más aún: hubo vecinos dispuestos a desafiar su prohibición cuando todavía no ofrecía beneficios económicos importantes.

Al terminar la hora, las mangueras limpian las calles y el pueblo recupera gradualmente su aspecto. Esa rapidez produce la impresión de que nada serio ha ocurrido. Pero las fiestas no necesitan ser solemnes para expresar algo verdadero. Por debajo del tomate triturado permanece una idea sencilla: una comunidad también se reconoce en las cosas aparentemente inútiles que decide conservar.

La Tomatina dura poco porque ese es el secreto de su intensidad. Durante una hora, Buñol establece una república sin espectadores, donde nadie conserva la ropa limpia y todos quedan igualados por el rojo. Después vuelve el orden. La tradición, en cambio, permanece.

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