Durante buena parte del siglo XX, los productores chilenos hablaban con cierto orgullo de su merlot chileno”. Era más intenso que el francés, tardaba más en madurar y mostraba un carácter vegetal difícil de ignorar. Se suponía que aquellas diferencias eran consecuencia del suelo, el clima o alguna peculiaridad de las plantas importadas. La explicación parecía razonable. También era falsa.

Detrás de ese merlot de comportamiento extraño se ocultaba una de las supervivencias más singulares de la historia del vino: la carménère, una antigua variedad de Burdeos que Europa había dado prácticamente por perdida.

En su tierra de origen, la carménère había formado parte del conjunto de uvas tintas utilizadas en las mezclas bordelesas. Nunca dominó la región. Su maduración tardía exigía una paciencia que el clima atlántico no siempre recompensaba. Un otoño frío podía dejarla verde; una temporada húmeda podía arruinarla antes de que alcanzara su mejor momento. Comparada con el merlot, más temprano y manejable, parecía condenada a ocupar un papel secundario.

Su destino cambió a mediados del siglo XIX, cuando productores chilenos comenzaron a importar plantas francesas. La joven industria vitivinícola del país miraba hacia Burdeos como modelo de elegancia y prestigio. Se plantaron cabernet sauvignon, merlot y otras variedades, entre ellas la carménère. Nadie imaginaba que algunas de aquellas plantas estaban a punto de convertirse en refugiadas botánicas.

Poco después, la filoxera se extendió por Europa. El diminuto insecto atacó las raíces de las vides y destruyó viñedos enteros. La solución injertar variedades europeas sobre raíces americanas resistentes permitió reconstruir gran parte del paisaje vitícola. Pero no todas las uvas regresaron con la misma fuerza. La carménère, difícil de madurar y poco productiva en determinadas condiciones, apenas fue replantada. Hacia finales del siglo XIX, parecía haber desaparecido de Burdeos.

En Chile, entretanto, continuaba creciendo bajo el nombre equivocado. La geografía había creado una barrera excepcional: el desierto al norte, los Andes al este, el Pacífico al oeste y las tierras frías del sur. La filoxera no se instaló en los viñedos chilenos, de modo que las plantas importadas antes de la crisis europea sobrevivieron sin necesidad de ser reemplazadas.

El error de identificación no era completamente inexplicable. La carménère y el merlot compartían ciertos rasgos visibles, especialmente para agricultores que no contaban con las herramientas actuales. Plantadas juntas, cosechadas al mismo tiempo y transformadas en un único producto, terminaron fundiéndose bajo una denominación cómoda: merlot chileno.

Sin embargo, las plantas no obedecían a esa etiqueta. Algunas maduraban semanas después que las demás. Sus hojas cambiaban de color de manera distinta y sus flores presentaban pequeñas particularidades. La viña llevaba décadas ofreciendo pruebas, pero nadie había formulado la pregunta adecuada.

La respuesta llegó el 24 de noviembre de 1994. Jean-Michel Boursiquot, especialista francés en la identificación de variedades de vid, recorría los terrenos de Viña Carmen cuando reparó en aquellas diferencias. Las plantas que examinaba no eran merlot. Eran carménère: la variedad bordelesa que se creía extinguida desde hacía más de un siglo.

El descubrimiento tuvo algo de escena detectivesca, pero sus consecuencias fueron profundamente prácticas. Los productores debieron revisar sus campos, distinguir las plantas y aprender a tratar la carménère según sus propias necesidades. Cosecharla al mismo tiempo que el merlot había sido uno de los principales problemas: cuando este alcanzaba su madurez, aquella todavía podía conservar aromas vegetales demasiado intensos. Darle unas semanas adicionales modificaba considerablemente el resultado.

No todos recibieron la noticia con entusiasmo. Reconocer el error significaba admitir que parte del prestigioso merlot chileno no era merlot. También obligaba a cambiar etiquetas, prácticas agrícolas y estrategias comerciales. Sin embargo, aquello que al principio parecía una amenaza terminó ofreciendo una oportunidad difícil de fabricar mediante una campaña publicitaria: Chile poseía una variedad con historia propia.

Durante las décadas siguientes, la carménère dejó de ser tratada como una anomalía. Se buscaron terrenos más adecuados, se controló mejor su producción y se experimentó con diferentes momentos de cosecha. La variedad pasó de ser una presencia involuntaria a convertirse en uno de los símbolos más reconocibles del país.

La ironía es difícil de superar. Francia le dio origen, pero no pudo conservarla. Chile la conservó, pero durante más de un siglo no supo que la tenía. Y cuando finalmente recuperó su nombre, la carménère ya no era exactamente francesa ni necesitaba volver a serlo.

Su evolución no representa un simple traslado entre continentes. Es la transformación de una uva secundaria de Burdeos en una protagonista chilena. Sobrevivió gracias a una equivocación; prosperó cuando esa equivocación fue corregida. Hay errores que borran la historia. Este, por azar, logró preservarla.

Tip: tap any word to see its English translation.