Desde el aire, el desierto de Nazca parece una página. Sobre su superficie aparecen un colibrí, una araña, un mono y muchas figuras geométricas. Algunas líneas continúan durante kilómetros. Sin embargo, esta obra no nació para una fotografía aérea: fue creada por comunidades que caminaban sobre el mismo paisaje.

Los geoglifos se realizaron principalmente entre 500 a. C. y 500 d. C. La tradición comenzó con pueblos anteriores a los nazcas, entre ellos los Paracas, y cambió durante siglos. Para formar las líneas, sus autores retiraron las piedras oscuras de la superficie y dejaron visible la tierra clara que había debajo. Con estacas y cuerdas podían ampliar un diseño sin verlo desde un avión.

Su propósito sigue abierto al debate. Algunas líneas pudieron servir como rutas para procesiones y ceremonias. Ciertas figuras quizá comunicaban ideas sobre animales, fertilidad o agua, un recurso esencial en aquella región seca. También se han propuesto relaciones con el cielo. Es posible que distintos geoglifos tuvieran usos diferentes.

La investigadora alemana María Reiche estudió el lugar durante décadas y ayudó a protegerlo. Su trabajo hizo famosas las líneas y apoyó una explicación astronómica. La arqueología actual, sin abandonar completamente esa posibilidad, presta más atención a los caminos, los restos cercanos y las actividades rituales.

La idea de que seres extraterrestres construyeron las figuras no tiene pruebas. Además, convierte a los antiguos habitantes del Perú en personajes secundarios de su propia obra. Sabemos que aquellas sociedades poseían los conocimientos y la organización necesarios para transformar el terreno.

El desierto conservó los trazos gracias a su extrema sequedad. Ahora, drones, imágenes aéreas e inteligencia artificial ayudan a localizar figuras antes invisibles. Aunque no sepamos interpretar cada línea, los nuevos hallazgos aclaran algo importante: Nazca no fue un mensaje aislado, sino un paisaje utilizado y renovado durante generaciones.

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