A comienzos del siglo XVI, grupos de españoles cruzaron el Atlántico y organizaron expediciones por América. Sus miembros recibieron el nombre de conquistadores. No formaban un ejército moderno. Muchos pagaban su propio equipo y esperaban ganar oro, tierras, cargos o prestigio. La Corona autorizaba algunas campañas y recibía parte de las riquezas.
Las armas de acero, los caballos y las tácticas europeas fueron importantes. Sin embargo, los españoles no lucharon solos. Miles de indígenas actuaron como guías, intérpretes, porteadores y guerreros. Algunos buscaban liberarse de pueblos enemigos; otros colaboraron bajo presión.
En México, Hernán Cortés y sus aliados sitiaron Tenochtitlan, que cayó en 1521. En los Andes, Francisco Pizarro capturó al inca Atahualpa en 1532. Una guerra civil ya había debilitado aquel imperio.
Tras las victorias, los españoles fundaron ciudades e impusieron el poder de la Corona. Tomaron tierras, exigieron trabajo y extendieron el cristianismo. Además, nuevas enfermedades causaron una enorme crisis entre las poblaciones indígenas.
La conquista no terminó rápidamente. Muchos pueblos resistieron durante décadas. Los conquistadores ganaron territorios, pero dejaron una historia marcada por alianzas, violencia y profundos cambios.
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