Nadie eligió convertirse en una de las momias de Guanajuato. No hubo una voluntad religiosa de preservar los cuerpos ni una institución interesada en reunirlos. La colección surgió del encuentro fortuito entre la arquitectura de un cementerio, ciertas condiciones ambientales y una práctica administrativa que permitía reutilizar los nichos.
El Panteón de Santa Paula fue inaugurado en 1861, fuera de la zona más poblada de la ciudad. Parte de sus entierros se realizaba en nichos superpuestos, construidos dentro de gruesos muros. El derecho de uso no siempre era permanente: cuando un espacio quedaba abandonado, los trabajadores retiraban los restos para que pudiera ocuparse de nuevo.
Una de aquellas exhumaciones alteró la imagen pública de Guanajuato. El 23 de junio de 1871 apareció el cuerpo conservado de Remigio Leroy, un médico francés fallecido seis años antes. Lo que debía ser una operación rutinaria se convirtió en el primer hallazgo documentado de una colección que crecería con el tiempo.
Los cuerpos encontrados posteriormente no formaban un grupo histórico. No murieron durante un único acontecimiento ni pertenecieron a la misma clase social. Procedían de épocas y circunstancias distintas. La conservación accidental, seguida por la decisión de exhibirlos, terminó reuniendo biografías que quizá nunca se habían cruzado en vida.
Incluso la palabra «momia» puede deformar nuestra mirada. Su resonancia arqueológica sugiere una antigüedad remota, aunque estas personas vivieron durante los siglos XIX y XX. Tampoco fueron sometidas a una preparación ritual semejante a las prácticas del antiguo Egipto o de algunas sociedades andinas. La preservación se produjo de manera espontánea.
Durante décadas, se afirmó que los minerales del suelo guanajuatense explicaban el fenómeno. La idea poseía cierta elegancia: la tierra minera que había dado riqueza a la ciudad también habría conservado a sus habitantes. Sin embargo, numerosos cuerpos habían permanecido en nichos y no bajo tierra, por lo que la explicación resultaba insuficiente.
Una investigación publicada en 2024 analizó el adobe minero, el ladrillo y la piedra empleados en el Panteón de Santa Paula. Además de estudiar sus propiedades físicas y químicas, los especialistas registraron la temperatura y la humedad relativa dentro de varios nichos. Los resultados sugieren que la composición y la distribución de esos materiales crearon microclimas capaces de favorecer la conservación.
El matiz es importante. No existe un componente milagroso que convierta cualquier cuerpo en momia. Intervienen la porosidad de los materiales, el intercambio de humedad, la temperatura, la orientación y la circulación del aire. A ello se suman factores particulares, como el ataúd, la ropa o las condiciones de cada individuo.
Esta combinación explica la irregularidad del fenómeno. Dos nichos cercanos podían producir resultados distintos. En uno, la pérdida de agua era lo bastante rápida para frenar buena parte del proceso habitual; en otro, el cuerpo seguía una transformación diferente. La ciencia no elimina el misterio, sino que lo convierte en preguntas más precisas.
La leyenda actúa de otra manera. No necesita medir la humedad ni reconocer dudas: ofrece un relato completo. La historia más conocida asegura que algunas personas fueron enterradas vivas y que la posición actual de sus rostros conserva un último instante de terror.
No existen pruebas suficientes para sostener esa conclusión. Tras la muerte, la mandíbula y las extremidades pueden cambiar de posición, especialmente durante un proceso de deshidratación. Interpretar una boca abierta como una expresión consciente significa convertir la apariencia actual en testimonio, aunque el cuerpo no pueda confirmar la historia que se le atribuye.
Otra narración vincula la colección, de forma general, con la epidemia de cólera de 1833. El problema es cronológico: Santa Paula no fue inaugurado hasta 1861. Podría haber individuos relacionados con epidemias posteriores o con traslados que aún no se han documentado, pero la afirmación habitual exige pruebas que rara vez la acompañan.
La fuerza de estas leyendas no se debe únicamente a la falta de información. Desde el principio, los cuerpos fueron presentados como una curiosidad. Las visitas comenzaron de manera informal en una zona próxima al panteón. Poco a poco, el interés del público convirtió una anomalía funeraria en una atracción local, y en 1969 se estableció un museo permanente.
La institución ofreció un espacio más organizado, pero heredó una contradicción difícil de resolver. Las personas no llegaron a la colección porque hubieran donado sus cuerpos ni porque sus familias desearan una exhibición pública. Llegaron después de perder su lugar dentro del cementerio. Una exhumación destinada a liberar espacio les concedió, sin consentimiento, una segunda existencia ante los visitantes.
En esa historia también aparece la desigualdad. Un sistema funerario basado en pagos no afectaba del mismo modo a todas las familias. Algunas podían mantener un nicho durante generaciones; otras no. Así, ciertos habitantes que carecieron de recursos para conservar una sepultura privada terminaron convertidos en una fuente pública de turismo.
Los apodos populares profundizaron el anonimato. Nombrar a una momia por un rasgo visible facilita que el público la recuerde, pero sustituye la identidad perdida por un personaje creado para el recorrido. La apariencia genera una historia y, después, esa historia parece explicar la apariencia.
Los proyectos recientes del Instituto Nacional de Antropología e Historia intentan invertir ese proceso. En 2025, un equipo interdisciplinario realizó análisis directos a 117 cuerpos conservados en el museo y en el parador Sangre de Cristo. Los estudios físicos, métricos y radiológicos buscan conocer mejor a cada individuo y establecer medidas de conservación adecuadas.
La investigación documental cumple una función igualmente importante. Las actas de defunción, los registros del cementerio, los archivos religiosos y la prensa pueden aportar nombres, edades, ocupaciones o vínculos familiares. No siempre será posible reconstruir una biografía completa, pero incluso un dato modesto devuelve a la persona una existencia anterior a la vitrina.
Remigio Leroy ofrece el ejemplo más claro. Identificarlo como médico e inmigrante francés no resuelve todos los vacíos de su vida. Sin embargo, impide reducirlo a la condición de «primera momia». Antes del hallazgo hubo una profesión, un viaje y una relación con la ciudad.
Aplicado al conjunto, ese enfoque permitiría que el museo contara una historia social de Guanajuato. Los cuerpos podrían aportar información sobre enfermedades, oficios, migraciones, costumbres funerarias y desigualdades de los siglos XIX y XX. La momificación sería el punto de entrada, no el único tema.
Exhibir restos humanos no es necesariamente incompatible con la educación. Museos de antropología, medicina y arqueología lo hacen en muchos países. La cuestión decisiva es el contexto: qué necesidad cumple la exposición, qué información ofrece y qué lenguaje emplea.
Una sala puede explicar la conservación natural sin adoptar la estética de una casa del terror. Puede distinguir los hechos documentados de las leyendas y reconocer la incertidumbre. También puede recordar que la curiosidad del visitante no elimina la obligación de tratar los cuerpos con cuidado.
La conservación material añade otra responsabilidad. Las momias se formaron dentro de ambientes muy particulares, pero ahora están expuestas a iluminación, variaciones de humedad y movimientos. Protegerlas exige conocer su estado, limitar riesgos y adaptar las condiciones a cada caso. La popularidad de la colección no debería acelerar su deterioro.
El debate, por tanto, no se reduce a mantener abierto el museo o cerrarlo. La pregunta más útil es qué clase de museo puede justificar la exposición. Si el recorrido solo busca miedo y fotografías, convierte antiguas vidas en decorado. Si ayuda a comprender la ciudad, el cementerio y las personas, el asombro adquiere profundidad.
El azar conservó los cuerpos. Fueron decisiones humanas las que los transformaron en colección, símbolo e industria turística. Esas decisiones continúan cada vez que se inventa una historia, se elige un apodo o se diseña una vitrina.
Quizá el mayor misterio de Guanajuato ya no sea cómo se formaron sus momias. La pregunta pendiente es si una ciudad puede mirar a sus muertos sin permitir que la fama vuelva a borrar sus nombres.
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