Durante nueve días, Pamplona no parece una ciudad adornada para una fiesta, sino una ciudad sometida a otro régimen del tiempo. Las horas dejan de organizarse alrededor del trabajo y el descanso: se cuentan desde el próximo encierro, la salida de los gigantes, los fuegos artificiales o una comida prolongada entre amigos. El calendario habitual queda en suspenso.

La ruptura comienza el 6 de julio, a mediodía. En la plaza del Ayuntamiento, miles de personas vestidas de blanco levantan sus pañuelos rojos mientras aguardan el chupinazo. Cuando el cohete asciende desde el balcón, el gesto colectivo de anudarse el pañuelo convierte una prenda sencilla en señal de pertenencia. Las diferencias entre vecino y visitante no desaparecen, pero durante unos instantes quedan ocultas bajo el mismo código visual.

Esta ceremonia inaugural es relativamente moderna; la historia de la fiesta, en cambio, se remonta a la Edad Media. Las celebraciones religiosas dedicadas a san Fermín aparecen documentadas desde el siglo XII. A ellas se sumaron ferias de ganado y festejos taurinos, vinculados a una ciudad donde el intercambio comercial también generaba entretenimiento. Los Sanfermines surgieron, por tanto, de una superposición de usos más que de una fundación precisa. Su coherencia actual fue creada después, mediante siglos de repetición.

El encierro es la expresión más extrema de esa herencia. A las ocho de la mañana, entre el 7 y el 14 de julio, seis toros recorren unos 850 metros hasta la plaza. La escena dura apenas unos minutos, pero contiene todos los elementos que atraen a las cámaras: velocidad, incertidumbre, multitud y peligro. Su brevedad favorece además una narración casi perfecta. Hay espera, estallido y desenlace antes de que la ciudad haya terminado de despertarse.

Esa eficacia visual explica también la deformación de San Fermín en el extranjero. Ernest Hemingway, fascinado por la fiesta que conoció en la década de 1920, la convirtió en escenario de The Sun Also Rises. Publicada en 1926, la novela difundió una Pamplona de riesgo, deseo de autenticidad y valor masculino. El éxito literario abrió la ciudad al mundo, aunque a cambio la encerró parcialmente en una imagen: para millones de personas, Pamplona quedó reducida a una calle, unos toros y varios hombres corriendo.

Fuera del encuadre se conserva una fiesta menos espectacular, pero quizá más reveladora. Los gigantes y cabezudos, cuyas figuras actuales se remontan al siglo XIX, atraviesan las calles seguidos por familias. Las peñas sostienen una sociabilidad cultivada durante todo el año. La procesión del santo recuerda el origen religioso, mientras la música, los bailes y los fuegos artificiales permiten que la celebración sea habitada por quienes jamás se acercarían a un encierro. El público no se limita a contemplar San Fermín: lo produce.

Esa participación colectiva no elimina sus contradicciones. Para una parte de la sociedad, los actos taurinos representan una continuidad cultural que no puede juzgarse al margen de su historia. Para otra, la tradición no concede inmunidad moral y el uso de animales en los encierros y las corridas resulta incompatible con la sensibilidad contemporánea. Las protestas que preceden cada año a la fiesta han situado esta tensión en el centro del debate. La pregunta ya no es únicamente cómo conservar San Fermín, sino qué significa conservarlo.

El cierre ofrece una respuesta provisional. A medianoche del 14 de julio, la multitud regresa a la plaza para cantar el Pobre de . Las velas reemplazan al estallido inicial y los pañuelos, ya desatados, aparecen en las manos. La fiesta termina representando su propia desaparición.

Tal vez ahí resida su fuerza. San Fermín no perdura porque haya permanecido intacto, sino porque Pamplona vuelve a discutirlo, transformarlo y despedirlo cada año. Una tradición verdaderamente viva no se limita a repetir el pasado: obliga a sus herederos a decidir qué desean llevar consigo hacia el futuro.

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