Costa Rica ocupa un territorio pequeño entre dos océanos, pero sus selvas reúnen una diversidad natural extraordinaria. Allí se encuentran especies de América del Norte y del Sur, pues el istmo centroamericano funciona como un puente natural. La altura, la lluvia y las diferencias de temperatura crean numerosos ambientes en pocos kilómetros.
En Corcovado, en la península de Osa, domina el bosque tropical lluvioso. Los árboles altos forman un dosel donde buscan alimento monos y tucanes. En el suelo húmedo viven insectos, hongos y pequeños organismos que descomponen las hojas. Jaguares y tapires necesitan territorios amplios, aunque rara vez se dejan ver.
Las montañas ofrecen otro paisaje. En Monteverde y Talamanca, las nubes pasan entre las ramas y dejan agua sobre el bosque. Musgos, bromelias y orquídeas cubren los troncos. El quetzal se mueve entre distintas alturas durante el año para encontrar frutos, por lo que es importante que los bosques permanezcan conectados.
Esta riqueza estuvo en peligro. Durante décadas, grandes extensiones fueron convertidas en pastos y cultivos. La cobertura forestal cayó hasta cerca del 21 % en 1987. Después, Costa Rica amplió sus áreas protegidas, frenó parte de la tala y creó un programa que paga a propietarios por los servicios de sus bosques, como proteger agua y biodiversidad.
El resultado fue notable: hoy los bosques cubren alrededor del 59 % del país. Sin embargo, recuperar árboles no siempre significa recuperar una selva antigua. Muchos bosques nuevos crecieron sobre fincas abandonadas y permanecen separados entre sí.
Para que animales y plantas puedan desplazarse, se necesitan corredores biológicos. También conviene que el turismo apoye a las comunidades sin dañar los lugares que visita. Costa Rica demostró que la pérdida forestal puede cambiar de dirección. Su siguiente reto es más difícil: lograr que el bosque recuperado vuelva a funcionar como un territorio vivo.
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