Vista desde el aire, Costa Rica parece confirmar su reputación: cordilleras verdes descienden hacia dos océanos y las copas de los árboles ocultan el suelo. Sin embargo, llamar selva a todo ese territorio borra diferencias esenciales. El bosque lluvioso de las tierras bajas no funciona como el bosque nuboso que recibe agua directamente de la niebla. Cada uno responde a una combinación precisa de altitud, temperatura y humedad.
En Corcovado, situado en la península de Osa, la vegetación se organiza en pisos. Los árboles emergentes superan un dosel donde se concentra la luz; debajo, la penumbra favorece otras plantas. Hongos, insectos y microorganismos descomponen la materia caída y devuelven nutrientes a suelos que, contra la intuición, no siempre son especialmente fértiles. La exuberancia depende menos de una reserva inmóvil que de un reciclaje continuo.
Monteverde y la cordillera de Talamanca obedecen a otra lógica. Al ascender el aire húmedo, este se enfría y forma nubes que atraviesan las ramas. Musgos, helechos y epífitas retienen agua sobre los troncos, convirtiendo cada árbol en una superficie de captación. La niebla no decora el paisaje: participa en su sistema hídrico.
La posición del país multiplica esas variaciones. Formado el istmo centroamericano, especies procedentes de América del Norte y del Sur encontraron un corredor y, al mismo tiempo, una sucesión de barreras montañosas. El encuentro, combinado con microclimas y aislamientos locales, produjo una diversidad desproporcionada para un territorio de poco más de 51.000 kilómetros cuadrados.
Esa riqueza sobrevivió a una transformación drástica. La expansión ganadera y agrícola redujo la cobertura forestal desde alrededor del 75 % en 1940 hasta un mínimo cercano al 21 % en 1987. El cambio posterior combinó causas distintas: crisis de la ganadería, migración hacia las ciudades, crecimiento turístico, parques nacionales, restricciones legales y pagos por servicios ambientales. Este último programa reconoció que un bosque genera beneficios —protección del agua, almacenamiento de carbono, biodiversidad y belleza escénica— aunque no sea talado.
El resultado suele presentarse como una victoria inequívoca. Hoy, cerca del 59 % del territorio vuelve a estar cubierto de bosque. No obstante, la superficie por sí sola no mide la calidad ecológica. Buena parte de la recuperación corresponde a vegetación secundaria sobre antiguos campos; algunos parches jóvenes se desmontan antes de madurar, mientras carreteras y cultivos fragmentan las rutas de especies que requieren grandes extensiones.
Tampoco la conservación ocurre en un espacio vacío. Comunidades rurales e indígenas habitan, conocen y manejan territorios forestales. El ecoturismo puede financiar empleos y reservas, pero también concentra ingresos o somete ecosistemas frágiles a una presencia excesiva. Proteger exige negociar intereses, no únicamente cerrar una línea sobre el mapa.
El cambio climático vuelve delicado ese equilibrio. Una modificación en la altura de las nubes puede privar de humedad a los bosques montanos; lluvias extremas, sequías y temperaturas crecientes alteran hábitats ya fragmentados. Costa Rica probó que un país puede devolver árboles a su paisaje. La pregunta pendiente es si puede devolver al bosque el tiempo, la continuidad y las relaciones que lo convierten en selva.
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