El ajedrez ha sobrevivido a imperios, revoluciones industriales y varias generaciones de tecnologías destinadas, según se anunciaba en cada ocasión, a transformar para siempre el entretenimiento humano. Su permanencia nunca dependió de la inmovilidad. Bajo la apariencia estable de sus sesenta y cuatro casillas, el juego siempre supo adaptarse a quienes lo practicaban. Lo novedoso no es, por tanto, que vuelva a estar de moda, sino la naturaleza del escenario en el que ha organizado su regreso.
Durante décadas, aprender a jugar significaba entrar en un pequeño ecosistema: un club local, una biblioteca, quizá una columna de periódico escrita en una notación que intimidaba al recién llegado. Encontrar un adversario era casi tan importante como comprender el movimiento del caballo. La expansión de las plataformas digitales eliminó ese inconveniente con una eficacia demoledora. Hoy, una persona puede disputar veinte partidas antes de que otra haya preparado físicamente el tablero.
Las cifras ofrecidas por las propias plataformas permiten apreciar la escala, aunque deban leerse con cautela. Chess.com anunció en febrero de 2026 que había alcanzado los 250 millones de cuentas registradas; durante 2025, sus miembros disputaron más de seis mil millones de partidas. Lichess, que funciona como organización sin ánimo de lucro y mantiene un servicio gratuito, comunicó que había superado los siete mil millones de partidas acumuladas entre millones de usuarios. Un registro no equivale necesariamente a una persona activa, pero incluso descontando cuentas abandonadas o duplicadas, el ajedrez ocupa hoy un territorio digital impensable hace dos décadas.
La revolución más visible, sin embargo, no ha ocurrido sobre el tablero, sino alrededor de él. Los grandes maestros dejaron de ser nombres acompañados por una fotografía severa y comenzaron a hablar directamente ante la cámara. Las transmisiones en vivo convirtieron el cálculo en narración: una mala decisión produce suspense; un sacrificio, asombro; un error absurdo, una sucesión de bromas y fragmentos compartidos en redes sociales. El ajedrez descubrió que podía conservar su complejidad sin renunciar al espectáculo.
La cultura popular contribuyó a ensanchar esa puerta. Series de televisión, documentales, creadores digitales y nuevas competiciones mostraron que detrás de las aperturas existían personalidades, rivalidades y conflictos comprensibles incluso para quien no distinguía una defensa siciliana de un electrodoméstico. En 2025, el juego entró además en la Copa Mundial de Esports, una incorporación simbólica: una disciplina medieval encontraba alojamiento oficial dentro de una industria nacida de las pantallas.
Al mismo tiempo, el crecimiento se ha filtrado hacia las escuelas. Algunos proyectos no utilizan el ajedrez como una fábrica de prodigios, sino como un instrumento social. El programa sueco Schackfyran reúne anualmente a unos 25.000 estudiantes de cuarto grado procedentes de más de mil clases. Todos aportan puntos por participar, empatar o ganar, lo que obliga a sustituir el culto al alumno excepcional por la colaboración entre compañeros. En 2026, su final nacional congregó a más de 3.000 niños en Estocolmo.
Sería ingenuo interpretar este auge como una victoria indiscutible de la paciencia. Buena parte del ajedrez contemporáneo se consume en partidas tan breves que apenas dejan tiempo para pensar. La misma tecnología que democratiza el análisis permite consultar motores clandestinamente. Las plataformas deben moderar insultos, sospechas y acusaciones de trampas, mientras algunos jugadores encadenan partidas no por curiosidad, sino por la necesidad poco saludable de recuperar de inmediato los puntos perdidos.
Ahí reside la paradoja. El ajedrez triunfa porque promete profundidad, pero se distribuye mediante sistemas diseñados para acelerar el consumo. Ofrece silencio en forma de notificación, reflexión convertida en racha diaria y paciencia empaquetada en vídeos de pocos segundos. No obstante, algo esencial se resiste a esa transformación. Por muy brillante que sea la aplicación, ninguna interfaz puede evitar el momento en que el jugador comprende que su posición es mala y que nadie más tomó las decisiones que lo condujeron hasta allí.
Tal vez esa responsabilidad explique la vigencia del juego mejor que cualquier campaña publicitaria. En un mundo acostumbrado a culpar al algoritmo, el tablero conserva una honestidad incómoda. Cada pieza recuerda dónde estuvo, cada error deja una huella y toda derrota contiene una historia que podría haberse escrito de otro modo. El ajedrez no ha rejuvenecido porque haya dejado atrás su pasado. Ha rejuvenecido porque nuestra época, sin saberlo, necesitaba volver a enfrentarse a él.
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