Vista desde lejos, La Tomatina parece la definición misma del descontrol. Miles de personas se lanzan tomates mientras varios camiones recorren unas calles cubiertas de pulpa roja. Sin embargo, esa hora de aparente caos depende de una organización precisa, unas normas claras y meses de preparación.

La fiesta nació de manera espontánea en Buñol en 1945. Según el relato tradicional, varios jóvenes intentaron incorporarse a un desfile de gigantes y cabezudos. Durante el forcejeo cayó uno de los participantes y se inició una pelea. La presencia de un puesto de verduras cercano proporcionó una munición inesperada: tomates.

La policía puso fin al enfrentamiento, pero los jóvenes regresaron al año siguiente con tomates traídos de casa. Lo que había comenzado como un incidente empezó a repetirse hasta que las autoridades lo prohibieron a comienzos de los años cincuenta.

La prohibición no acabó con la costumbre. En 1957, los vecinos organizaron el llamado entierro del tomate, una procesión humorística en la que se transportó un ataúd con un gran tomate. Acompañada por una banda de música, aquella parodia de funeral sirvió como protesta pública. Finalmente, La Tomatina fue autorizada e incorporada a las fiestas locales.

La celebración contemporánea conserva elementos de esa historia, aunque se desarrolla bajo condiciones muy diferentes. Antes de la batalla se coloca el palo jabón, un poste resbaladizo en cuya parte superior cuelga un jamón. Más tarde, una señal sonora anuncia la entrada de los camiones y el comienzo de la hora roja.

Los tomates se aplastan antes de ser lanzados para reducir la fuerza del impacto. No se permite arrojar objetos duros, se debe dejar paso a los camiones y todos los lanzamientos terminan cuando suena la segunda señal. El aforo también se limita mediante entradas para evitar las aglomeraciones que se producían cuando el acceso era libre.

La internacionalización de La Tomatina ha generado opiniones distintas. Para muchos habitantes, representa una fuente de orgullo y una importante actividad económica. Hoteles, restaurantes y comercios reciben a viajeros que quizá nunca habrían oído hablar de Buñol sin la fiesta. En 2002, la celebración fue declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Otros observadores cuestionan el uso de toneladas de comida con fines recreativos. Los organizadores señalan que los tomates se cultivan para el evento y no se destinan al mercado alimentario habitual. Aun así, el debate revela una tensión común en las grandes fiestas: aquello que una comunidad considera tradición puede ser interpretado de forma diferente desde fuera.

También existe otra preocupación. A medida que aumenta el turismo, una costumbre local corre el riesgo de convertirse en un simple espectáculo para visitantes. La venta de entradas y la presencia internacional aportan recursos, pero modifican la relación entre el pueblo y su propia celebración.

La Tomatina sobrevive precisamente porque ha sabido cambiar. Nació sin permisos, fue prohibida, regresó gracias a una protesta y acabó convertida en un acontecimiento regulado. Su paradoja es evidente: para conservar una hora de libertad, Buñol necesita prepararla hasta el último detalle.

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