En el extremo occidental de los Pirineos, donde España y Francia se encuentran, sobrevive una lengua que parece haber quedado fuera del árbol genealógico europeo. El euskera o euskara no pertenece a la familia indoeuropea y, hasta ahora, no se ha probado su parentesco con ninguna otra lengua viva. Por eso se lo considera una lengua aislada: no porque haya vivido sin contacto, sino porque no se conoce una hermana con la que pueda compararse.

El mayor misterio se encuentra en sus primeros siglos. Se han conservado inscripciones romanas de Aquitania con nombres propios y nombres de divinidades que guardan claras semejanzas con palabras vascas. A partir de estas pistas, se considera que el aquitano fue un antepasado del euskera o una variedad estrechamente relacionada. Sin embargo, como apenas se dispone de frases completas, gran parte de la reconstrucción sigue dependiendo de fragmentos.

También se ha propuesto una relación con el ibero, otra lengua antigua de la península. Algunas coincidencias, sobre todo en ciertos números y estructuras, resultan sugerentes. No obstante, la hipótesis continúa discutida, ya que las semejanzas aisladas pueden deberse al contacto o incluso a la casualidad.

La supervivencia del euskera plantea otra pregunta. El latín sustituyó a muchas lenguas anteriores a Roma, pero no consiguió borrar esta. A menudo se atribuye su resistencia al paisaje montañoso. Esa explicación es útil, aunque insuficiente: una lengua se conserva porque se habla en casa, se transmite a los niños y se convierte en parte de la vida diaria. El primer libro impreso en euskera no apareció hasta 1545, prueba de una tradición principalmente oral.

En 1968 se impulsó el euskera batua, una forma común que se emplea en la educación, la administración y los medios. La unificación facilitó su modernización sin eliminar por completo los dialectos. Así, el euskera vive entre dos fuerzas: un pasado que apenas puede leerse y un presente que se escribe todos los días.

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