Hay paisajes que impresionan por la cantidad de elementos que contienen. El salar de Uyuni produce el efecto contrario. Su fuerza nace de la ausencia: una llanura blanca, unas montañas lejanas y un horizonte que, durante la temporada de lluvias, puede desaparecer por completo.

Situado en el altiplano del suroeste de Bolivia, a unos 3.650 metros de altura, Uyuni es el mayor salar del planeta. Su superficie supera los 10.000 kilómetros cuadrados. Desde el suelo, esa extensión parece no tener fin; observada desde el espacio, forma una enorme mancha blanca entre los volcanes andinos.

El paisaje actual es la huella de antiguos lagos que ocuparon la región durante miles de años. Al tratarse de una cuenca cerrada, el agua que llegaba a ella no encontraba salida hacia el océano. Cuando el clima se volvió más seco, la evaporación concentró los minerales y dejó sucesivas capas de sal.

En la estación seca, la costra adquiere un aspecto sólido y se divide en patrones poligonales. Estas figuras no fueron trazadas por ninguna mano: se forman a medida que el agua salada se evapora y la superficie se contrae. Las islas de roca que sobresalen en algunos puntos son restos de un paisaje mucho más antiguo. En Incahuasi, los cactus gigantes crecen sobre una elevación que alguna vez estuvo rodeada de agua.

Con las lluvias estivales se produce la transformación más conocida. Una capa poco profunda de agua se extiende sobre partes del salar. Si la superficie permanece tranquila, las nubes se reflejan con tanta precisión que se pierde la línea que separa el cielo de la tierra.

El famoso efecto espejo suele presentarse como un milagro visual, aunque posee una explicación sencilla. La enorme planicie permite que el agua se distribuya de manera bastante uniforme. Al no existir muchas irregularidades ni obstáculos, el reflejo puede extenderse a gran distancia.

Esa misma característica convierte a Uyuni en algo más que un destino turístico. Su superficie brillante, estable y excepcionalmente plana se utiliza para calibrar instrumentos de observación terrestre. Los satélites que miden alturas y estudian la superficie del planeta pueden comprobar allí la precisión de sus datos. El lugar que confunde la vista humana ayuda, paradójicamente, a que las máquinas midan con mayor exactitud.

El salar tampoco está tan vacío como sugieren muchas fotografías. En las comunidades cercanas se extrae y se procesa sal, mientras que miles de trabajadores dependen directa o indirectamente del turismo. Conductores, guías, artesanos y propietarios de alojamientos participan en una economía construida alrededor del paisaje.

Bajo la costra existe, además, una salmuera rica en litio, un metal fundamental para las baterías recargables. Para Bolivia, este recurso representa una oportunidad económica y tecnológica. No obstante, su aprovechamiento plantea preguntas sobre el uso del agua, el impacto ambiental y la participación de las poblaciones locales.

Algunos consideran que la extracción puede generar empleo e impulsar la industria nacional. Otros temen que una explotación demasiado rápida altere un ecosistema frágil y repita una historia en la que la riqueza sale de una región sin mejorar suficientemente la vida de sus habitantes.

Por eso, la magia de Uyuni no debería reducirse a una fotografía perfecta. El salar es al mismo tiempo un paisaje, un registro del clima antiguo, un espacio de trabajo y una reserva mineral. Admirarlo exige aceptar esa complejidad. El horizonte desaparece bajo el reflejo, pero las decisiones sobre su futuro no pueden quedar ocultas.

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