La Patagonia suele presentarse como un territorio vacío, situado en el extremo del mapa y reservado para montañistas, ovejas y personas que desean desaparecer durante unas semanas. La realidad es bastante más compleja. Allí se encuentran algunos de los paisajes más espectaculares de Sudamérica, pero también ciudades, familias y comunidades cuyas vidas no caben en una fotografía turística.

Compartida por Argentina y Chile, la región contiene ambientes muy diferentes. En la cordillera se levantan montañas, bosques y campos de hielo. Hacia otras zonas se extienden enormes estepas, donde los árboles son escasos y el horizonte parece alejarse mientras se avanza. En el sur chileno, el territorio se rompe en fiordos, canales e islas.

Estas diferencias geográficas determinan la manera en que se vive. Las poblaciones se encuentran separadas por largas carreteras y el clima puede cambiar varias veces en un mismo día. Se consulta el pronóstico, se prepara ropa para cuatro estaciones y, finalmente, se acepta que el viento hará lo que quiera.

La historia humana de la Patagonia comenzó mucho antes de la formación de los Estados actuales. La región fue habitada por pueblos indígenas que desarrollaron distintas formas de relacionarse con la tierra y el mar. Los aónikenk recorrieron las estepas, mientras que los yagán y los kawésqar navegaron por las aguas australes. Por ello, no debería describirse el territorio como una naturaleza completamente vacía.

Con la expansión de las estancias, la cría de ovejas adquirió una gran importancia. Se construyeron caminos, puertos y asentamientos relacionados con la producción de lana y carne. En la actualidad, la economía regional también se sostiene mediante la pesca, los servicios, la energía y un turismo que ha crecido alrededor de los parques nacionales.

En Los Glaciares, declarado Patrimonio Mundial, se protegen grandes masas de hielo que continúan modelando el paisaje. El Perito Moreno atrae a visitantes que esperan escuchar cómo se desprende un bloque de hielo. La espera puede durar bastante. El glaciar no trabaja según el horario del turista.

Vivir en la Patagonia implica convivir con distancias, inviernos difíciles y precios que pueden aumentar por el transporte. También supone habitar un lugar donde la naturaleza todavía impone límites claros.

La expresión fin del mundo funciona bien en los folletos. Sin embargo, quienes viven allí no esperan el final de nada. Construyen una vida cotidiana en un territorio que obliga a mirar el paisaje, aunque solo sea para decidir qué abrigo ponerse.

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